viernes, 27 de noviembre de 2009

crencias mitico-religiosas


En lo que se refiere a otro aspecto fundamental en la cultura Qaweshqar, como el de sus ideas mítico-religiosas, a sido modificada debido a los informantes más tempranos, ha impedido a la posterioridad tener una visión apropiada acerca de lo que debió ser su mundo espiritual.

Sin embargo del conocimiento de algunos vestigios, más bien fragmentos que permiten aproximarse a lo que fuera la realidad mítico-religiosa del pueblo Qaweshqar, surge desde un principio la discordancia en lo que se refiere a la existencia de una divinidad suprema. “Según algunos etnólogos de comienzos del siglo XX, estos aborígenes tenían la noción de un ser todopoderoso, que era anterior a todo lo existente, a quien nombraban Xólas, quien era el creador de todas las expresiones vitales e inertes de la naturaleza, acción generatriz sobre la que los informantes históricos carecían de detalles” . Este ser supremo también era el creador de las leyes naturales que regían la conducta de los humanos del mundo natural. Habitante del firmamento, se hallaba permanentemente ocupado en el acontecer terrenal. “Lo imaginaban como un ser gigantesco que viajaba de día y de noche en una gran canoa, por ríos y mares, pero que también podía deslizarse silenciosamente sobre las copas de los arboles, y que en su deambular eterno solía llevarse a los hombres que encontraba distraídos u ociosos. Se le temía, por consecuencia, y había preocupación por no encontrarse con el, sin embargo de lo cual se invocaba su amparo en caso de peligro extremo” .

Con el compartía, en el nivel superior religioso, otro espíritu pero maligno, siempre alerta y activo, omnipresente. Este era denominado como “Ayayema”, genio perverso, señor de la naturaleza, empeñado de perturbar sin descanso la vida de los humanos. En el reducido grupo de deidades Qaweshqar era, lejos, la figura predominante; habitaba durante el día en pantanos y turbales, y en la noche rondaba en la espesura de los bosques junto a las costas. Dueño del viento, lo manejaba a su antojo, desatando las tempestades que castigaban y hundían las canoas. Se complacía de atemorizar a los indios mientras estos se encontraban en sus toldos; para ello merodeaba aguardando a que se vencieran al sueño. Cuando así sucedía se adueñaba del fuego, hacia crepitar las brasas y las lanzaba contras los cuerpos dormidos para mortificarlos con las quemaduras, o bien alargaba las llamas hacia arriba para quemar la choza. “Se tenía la creencia de que este ser olía a podredumbre, lo cual les hacia tener una sensación de que “Ayayema” se encontraba cerca de su campamento” .

Era claro que el conjunto de creencias míticas era el resultado anímico del influjo milenario de una naturaleza siempre airada que abrumaba a los hombres. Una expresión acumulada a lo largo de incontables generaciones de canoeros melancólicos, agobiados por la existencia en un ambiente habitualmente inclemente y tenebroso, donde las fuerzas naturales se desplegaban enloquecidas. Ese país de pesadilla solo podía ser guiado por los genios maléficos que no daban tregua a su perturbador afán.
Además de esta serie de creencias, los Qaweshqar realizaban una serie de rituales y ceremonias, personales y sociales a los que debía adherirse la comunidad. “Habían ceremonias para celebrar diversos acontecimientos del suceder cotidiano, siendo por cierto el más importante el “Kálakai”, para la iniciación de los jóvenes, varones y hembras, y el “Yinchihaua”, ritual de carácter secreto y particular trascendencia, reservado a quienes hubiesen participado en el “Kálakai” a lo menos en dos ocasiones.”

La varadura de una ballena, era un suceso que podía congregar a gran cantidad de estos indígenas, y serbia de suficiente justificación para la ocurrencia de un acto tan relevante para la vida espiritual del pueblo Qaweshqar, pues por una parte se aseguraba la concurrencia necesaria de varones y el sustento alimentario del grupo durante el tiempo que duraba el ceremonial. Así, parte de los congregados se encargaba de desbrozar el terreno, seleccionar y preparar los materiales, y finalmente levantar la gran cabaña “Tchelo Ayayema”, que abría de servir de sede para los actos rituales, en tanto que otros se ocupaban del aprovisionamiento de alimentos para las familias que se iban instalando en la vecindad con sus propios toldos, con lo que el paraje cobraba una animación inusual. Todo era dirigido por un anciano con experiencia, para lo cual los demás se ponían espontáneamente a sus órdenes.

Una labor exclusivamente a cargo de los hombres y que se realizaba en medio de una gran privacidad, era la preparación de las mascaras que abrían de emplearse en el proceso ritual. Para eso “se utilizaban cortezas apropiadas que permitían fabricar unas formas tubulares simples, de tamaño suficiente como para introducir la cabeza en ellas. También se utilizaba plumaje y pellejo de aves marinas con idéntico objetivo, las que se desplegaban a manera de abanicos.” Aparte de mascaras y plumas, los actores llamados a participar en el ritual se decoraban caras y cuerpo con pinturas, predominando en ello el color blanco. El objetivo central del Yinchihaua era informar a los iniciados sobre los orígenes de la sociedad Qaweshqar y del porque de las normas de comportamiento de hombres y mujeres. Su explicación se basaba en el rico acervo mítico indígena, donde destacaba la superación del matriarcado, figurado en la oposición inicial entre el hombre sol y la mujer luna, y los acontecimientos que se dieron en consecuencia hasta el triunfo completo de los hombres y la sujeción permanente de las mujeres.

La ceremonia propiamente tal se iniciaba cuando todo el protocolo ya estaba preparado. Cumplido los ritos iniciales, se buscaba atemorizar a las mujeres y asegurar el suministro de carne mediante lo que se creía, la intervención de los espíritus benéficos. Los espíritus que hacían su aparición en este ritual eran Chiliku, ser poderoso, maligno y violento, suerte de “alter ego” perverso de Ayayema. Luego Yayipa engendro femenino airado. Kalasilis, era otro ser que atemorizaba al grupo con sus bramidos. El ritual concluía varias semanas después de repetidas presentaciones y una vez que todos los jóvenes hubieran aprendido las destrezas y enseñanzas que serian de vital importancia a lo largo de su vida.

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